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viernes, 18 de septiembre de 2015

La habitación de invitados



Son muchos años
y la tristeza y yo
somos viejas conocidas
y a estas alturas del año
empezamos a echarnos de menos

Ella añora mis costillas
tan planas y predecibles,
que forman un escuálido nido
para su cuerpo.
y yo extraño los nudos ella forma en mi cabeza
los que me hacen ser
cada vez más ancla y menos globo.
los que me amarran
al muelle gris de la tarde.

Cuando llega en verano,
apedrea el calendario,
y le prende fuego al cobertizo,
pero si viene bajo cero,
me roba las mantas y
se arma de tijeras
para que todo lo que suele flotar
se hunda
para que todo lo que marchar en alguna dirección
naufrague.

Son ya muchos años
y el cuarto de la tristeza ya estaba listo.

Puse sábanas limpias,
me inundé las ojeras con el último diluvio
y quité todos los cuadros,
tal y como a ella le gusta.

Pero cuál fue mi sorpresa
al ver otra cara al otro lado de la puerta.

Después de tantos años
la alegría brillaba en el portal
y entró en casa como quien tiene copia de las llaves;
con sus noches de verano bajo la ropa,
sus maletas con fruta de temporada
y sus jabones en cada cajón de mi cuerpo.

Llegó la alegría
agitándome la prisa, el pelo,
y llegó la carcajada
como si nada hubiera llegado antes,
como el huésped que estrena habitación
y ventila de nubes la estancia.

Lleva conmigo una temporada
y hoy, que amenaza tormenta
la he visto recogiendo sus cosas
atando con hilos de sol
manojos de flores para su hatillo.

Me dice que tiene que irse,
pero me ha pedido que deje los cuadros en su sitio,
que en nada cesará  el olor a tierra mojada,
y pronto, muy pronto
volverá de visita




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